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Leyendas argentinas: Un rico patrimonio literario

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Las leyendas se caracterizan por ser anónimas, transmitirse oralmente y tener distintas versiones en las que cada relator agrega o quita acontecimientos para explicar lo sucedido en tiempos lejanos. Conocé algunos de estos relatos de nuestro país.

 

Puente del Inca

 

 

El heredero del trono del Imperio Inca tenía una extraña enfermedad y, poco a poco, estaba muriendo. Los rezos y recursos de los hechiceros nada lograban y desesperaban por no poder devolverle la salud al príncipe que querían tanto.

Fueron convocados los más grandes sabios del reino, quienes afirmaron que solo podría sanarlo el maravilloso poder del agua de una vertiente, ubicada al sur, en una muy lejana tierra. Decidieron viajar hasta allí en una numerosa caravana, superando muchas dificultades durante meses, sobre valles y montañas, con frío y con calor.

Un día se detuvieron ante una quebrada, en cuyo fondo corrían las aguas de un profundo río. Al frente, en el lado opuesto, estaba el manantial. ¿Cómo iban a hacer para cruzar?

Todos trataron de buscar una forma de llegar hasta las milagrosas aguas, sin lograrlo. El Sol, que ya se estaba por ocultar en el horizonte, vio lo que estaba ocurriendo y quiso premiarlos por la hazaña que los incas habían sido capaces de realizar por amor a su príncipe. Consultó con la Luna y, entre los dos, decidieron ayudarlos.

Al amanecer del día siguiente, los incas, entre dormidos y despiertos, vieron sorprendidos que, frente de ellos, había un ancho puente de piedra y tierra que les habían construido sus dioses para que pudieran llegar al manantial. Llenos de alegría pudieron conseguir curar a su emperador, quién volvió a gobernar durante muchos años. Desde entonces, al noroeste de Mendoza, donde pasa el río Las Cuevas, el mismo que interrumpiera el paso del emperador y sus súbditos, se levanta el Puente del Inca, que une las dos orillas.

 

Coquena

 

 

En Salta y Jujuy se lo llama Coquena, y en Tucumán, Catamarca, San Juan y La Rioja, se lo conoce como el Llastay. Es el protector de las vicuñas y guanacos. Según la leyenda, recorre los cerros durante la noche conduciendo rebaños cargados de oro y plata y premia a los buenos pastores con piezas de plata u oro.

También castiga a los cazadores inescrupulosos, en especial a los que cazan con armas de fuego. Se lo representa como un ser de baja estatura que viste gorro con orejeras, poncho, sandalias y collar de víboras. También se le atribuyen dos manos, una de plomo para castigar y, una de lana, para acariciar a los animales.

 

La luz mala

 

 

Es una de las leyendas más populares de Argentina y se origina en las rutas, donde se hace presente en las noches, en zonas de kilómetros de tierra despoblada y solo atravesada por alguno que otro paraje perdido en la montaña.

La luz aparece, de repente, entre los oscuros caminos, a veces inmóvil y, otras, persiguiendo al observador, y encandila a quien la vea. Algunos dicen que es el alma de algún difunto que no purgó sus penas. Otros dicen que es el farol de Mandinga (así se lo llama al diablo), que aparece en lugares en los que hay enterrados tesoros de oro y plata, y que la luz es el espíritu del antiguo dueño tratando de alejar del lugar a los extraños.

 

Difunta Correa

 

 

En 1835, Baudilio Bustos fue reclutado en San Juan por Facundo Quiroga y llevado, por la fuerza, a La Rioja. Su mujer, María Antonia Deolinda Correa, desesperada porque él estaba enfermo, tomó a su hijo y siguió sus huellas. Cuenta la leyenda que luego de mucho andar se dejó caer en la cima de un pequeño cerro. Unos arrieros que pasaron por la zona, al ver animales de carroña que revoloteaban, se acercaron y la encontraron muerta, aunque el niño aún estaba con vida. Luego, le dieron sepultura en las proximidades del cementerio Vallecito, en la cuesta de la sierra Pie de Palo. Al conocerse la historia, comenzó la peregrinación de lugareños hasta su tumba y, con el tiempo, se levantó un oratorio en el que le acercan ofrendas.

 

Leyenda de la Laguna de Brealito

 

 

En Salta se encuentra esta laguna que atesora una enigmática leyenda.

Un fanático de la pesca, que iba muy seguido a la laguna, se acomodó para dormir, esa noche, a su orilla. Prendió su lámpara y se ubicó debajo de un algarrobo negro, tiró la cuerda y, sorprendentemente, las aguas se sacudieron porque algo enorme se movía. La curiosidad pudo más y fue a mirar en qué consistía.

Precisamente, en el límite entre la luz de su lámpara y la penumbra, le pareció ver una imagen sombría y gigante. Como no consiguió comprender lo que había ocurrido, resolvió tranquilizarse.

Después de un muy buen rato, las aguas nuevamente se sacudieron. En plena oscuridad, divisó una figura monumental. El monstruo era una especie de reptil o un inmenso pejerrey, con dorso escamado.

Atemorizado, el pescador desapareció corriendo. En varias oportunidades trató de calmarse y pudo regresar a recoger sus posesiones, que estaban mojadas y se veían como si una ola gigantesca las hubiera tapado.

Otra vez, unos niños quedaron impresionados con un remolino que se formó en la laguna y se aproximaba, fuertemente, hacia ellos. Aseveraron que habían alcanzado a observar una forma prácticamente humana de dimensiones gigantes, que tenía características de una dama tapada por un velo de agua.

Muchos han reconocido que en la laguna de Brealito hay, como mínimo, una presencia insólita que reside debajo del agua ya que, generalmente, hay raros movimientos que se repiten, frecuentemente, a la hora del anochecer.

 

La flor del cardón

 

 

Un nativo se enamoró de la bella hija de un cacique, quien se oponía a esta relación. Una noche de luna, los dos huyeron. Al conocerse la novedad fueron perseguidos y, al llegar al lugar de cardones, el camino se estrechó y las espinas lastimaron a los enamorados, cuya sangre quedó en los cuerpos gigantescos de los punzantes vegetales. Por suerte, lograron salvar la situación y la pareja se alejó para siempre. La leyenda dice que la sangre de la cabalgadura y de los jinetes se prendió aquel día de las espinas y, al amanecer, se encontraron las flores blancas que anunciarían por siempre la proximidad de lluvias y tiempos de cosecha.

 

El huíñaj

 

 

Huíñaj era la hija de un cacique. Muy buena y de gran belleza, solía permanecer en la choza familiar hilando y tejiendo. Le gustaba vestir una túnica amarilla y adornarse con flores del mismo color. De vez en cuando salía a caminar por la zona, adornada con su color preferido y, al día siguiente, llovía.

La gente ya había comenzado a relacionar la lluvia con sus paseos pero, un día, Huíñaj enfermó gravemente, siendo inútiles los ruegos y oraciones de los familiares y vecinos. Ella empeoraba, al mismo tiempo que la sequía asolaba la zona. En medio de una gran angustia colectiva, la joven murió y, ese mismo día apareció, en el monte, un árbol que nunca antes había sido visto, todo adornado con flores amarillas. La gente vio que ese árbol era la respuesta a su ruego para que Huíñaj no los dejase y le pusieron ese nombre al árbol.

01 de febrero del 2020
Categoría: Para el cole
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